Se conoce que la Presidente Cristina Fernández además de observadora es ávida lectora de libros y artículos de análisis de la política y economía mundial. En muchas oportunidades ha demostrado estar al tanto de la situación política y macroeconómica de países lejanos y ha utilizado esa información para realizar comparaciones con el clima del nuestro; remarcando beneficios, posibilidades, ventajas y desventajas.
Sin embargo, y a pesar de la pericia demostrada muchas veces, no sería éste el caso en presencia de una amenazante crisis financiera global que promete dejar duras secuelas.
Insiste la pareja presidencial en llevar tranquilidad a la nada inofensiva población ahorrista de que el alcance de esta crisis no tocará estos sures ni sus arcas, casi recibidos en la mala reputación que las corridas financieras le provocan a los gobiernos de turno.
Mientras en Europa los más altos mandatarios se reúnen para apuntar los lápices y consensuar una cifra razonable para apagar los incendios de sus más importantes bancos, casi como en un cuento de fantasía los Kirchner aseguran que el país ni se anoticiará de los efectos de la caída del sueño del primer mundo y arrojan sal a la tierra que supo dar el yuyo mágico de la discordia más presente en nuestra memoria.
Y si de yuyito debemos hablar, deberá saber Cristina que la predicción (inflada como siempre) del próximo Presupuesto prevía un soja a u$S 340 la tonelada, pero como “cosa e´ mandinga” ayer cerró a u$s 338 en Chicago, y en los pasillos de Economía ya se preocupan por los números que no empiezan a cerrar para el año que viene. Que se derrumbe el precio de la soja no sólo causará más penitas que un nuevo debate sobre retenciones móviles entre chacareros, sino que significará menor entrada de dólares al país afectando su crecimiento estimado y el derrumbe de sectores de inversión y producción para empresarios exportadores.
Sigamos analizando: ¿cuánto tiempo más podrá la mandataria regodear del crecimiento económico del país de cerca de 9% anual con el actual tsunami financiero? Ayer la Bolsa local debió suspender sus operaciones tras ceder 10%. Pudo recortar pérdidas sobre el cierre y selló en 5,9% la jornada.
Las estimaciones del equipo de Carlos Fernández dieron con un 4% el porcentaje de crecimiento esperado para el 2009. Habrá que sentirse muy privilegiado si en el actual mundo globalizado y mientras Wall Street siga teniendo lunes, martes, miércoles y jueves negros, la Argentina puede darse el lujo de crecer a esa velocidad en el precipitado ritmo del mercado financiero.
En el mundo, empresas de tecnología, como HP y eBay, ya proyectan despidos de más de miles de empleados en un plan de recortes que incluye a los próximos 3 años. El turismo de extranjeros prevé un marcado descenso y países limítrofes comeinza a corregir sus monedas.
Si bien esta oportunidad histórica, como bien ha notado la presidente, no se presenta en las mejores condiciones, tampoco es buen indicio que ante tantas señales desde otros países y continentes, los argentinos nos rindamos ante el cuento de la inocuidad a la peste financiera del primer mundo. El efecto “jazz” como le gusta llamarlo a Cristina, aparece como un fantasma que no reconoce fronteras geográficas ni ideológicas. Ante un mundo alarmado por una recesión para nada pasajera, la Argentina parece ponerse el camisón y las anteojeras y tirarse a dormitar despreocupada antes que planificar las nuevas condiciones que regirán su destino en el nuevo mapa económico.
Otro mundo despierta. Más personas sufrirán el colapso de las economías mundiales y más generaciones se verán condenadas a pagar el precio de las burbujas financieras y la especulación. Más personas deberán sobrevivir bajo el umbral del dólar diario, un dólar cada vez más debilitado en un planeta violento, contaminado y tocando fondo en lo económico.
¿Puede un país de más de 35 millones de personas, con una extensión de más de 2 millones de km2, con una renta per cápita de más de u$s 8 mil mantenerse impávido frente a la actual crisis? ¿Continuarán como esperan los Kirchner, los buenos años de superávit?






